A finales de agosto, cuando la estación de lluvias está avanzada, y hay menos trabajo en los campos de cultivo, pues los tallos de mijo están ya altos y comienza a salir el grano, y no hay que preocuparse de arrancar las malas yerbas, es el momento de dedicarse a los trabajos artesanales, en especial a segar las eneas, espadañas, atochas y otras gramíneas propias de aquellas tierras africanas, y sentarse luego a la sombra de un gran árbol para ir trenzando la paja, y fabricar con manos hábiles las pleitas, tiras o fajas de esparto que metro a metro van enrollando y después cortarlas y coserlas con maestría y hacer las esteras que servirán para la cama, para acoger en casa al huésped que llega, o para venderlas en el mercado. Los niños desde pequeños aprenden de sus padres y mayores estos trabajos artesanales con entusiasmo e interés, es la escuela de la vida.
miércoles, 21 de agosto de 2013
jueves, 8 de agosto de 2013
Aventar el grano
Aventar el grano es tarea de la mujer en África, lo mismo que majarlo en el mortero, o molerlo en la piedra del molino. Las espigas de mijo o de sorgo, o de otros cereales que se cultivan en el norte del Camerún, la mujer las almacena en su granero después de la cosecha que se realiza al final de la estación de lluvias. Después a lo largo del año va sacando del granero cada día las espigas de mijo que necesita para preparar la comida. Primero con el pilón las maja en el mortero para separar el bálago de los granos, y luego con dos simples cuencos de calabazas aventa el grano para quitarle la broza, la paja o la cascarilla del grano. En caso de no haber viento, ni siquiera una pequeña brisa necesaria para separar el grano de la broza, la mujer echa a andar y con el movimiento deja caer el grano de una calabaza a la otra que lo recoge, mientras que la broza que pesa menos cae fuera. Todo un arte que la mujer aprende desde muy niña y que es un trabajo de cada día para luego hacer la harina de mijo que es el pan cotidiano para ellos.
martes, 23 de julio de 2013
Arando con bueyes
Estando en la aldea de Don Tchandoung ví por primera vez arar la tierra con una yunta de bueyes a los Museys, pues la inmensa mayoría de ellos seguían cultivando y trabajando la tierra con la azada de mano, para ellos todavía no había llegado el arado romano. Pero debido a la introducción del cultivo del algodón en la región del norte de Camerún y a los técnicos de la empresa Sodecotón, algunas personas más decididas y con más medios económicos comenzaron a utilizar los bueyes y el arado para arar sus tierras, haciendo posible el cultivo de más terreno, con menos esfuerzo y más rapidez. Estas eran unas de las primeras yuntas de bueyes uncidas al arado en aquellas tierras en 1977, espero que hoy día no sólo haya muchos agricultores que utilicen el arado y los bueyes, sino que incluso exista por aquellas queridas tierras tractores y maquinarias agrícolas para una mayor y mejor producción y desarrollo del país.
jueves, 11 de julio de 2013
Labrando la tierra
Aunque mi intención de pasar la estación de lluvias de 1977 en la aldea de Dom Tchandung era básicamente para aprender la lengua musey, en contacto con la gente, sobre todo con los niños que tenían más tiempo libre, sim embargo también quería conocer más de cerca cómo era la vida de la gente de la aldea y participar en su forma de vida e incluso en sus trabajos. Así que aquí me tenéis con la azada en la mano haciendo los surcos en la tierra para luego sembrar los granos de mijo. La azada musey kawida o gayna, que es la que estoy utilizando es muy pequeña, por lo que para cavar la tierra o abrir el surco hay que doblar bien el cuerpo y encorvarse sobre la tierra; es muy diferente a las azadas de mango largo que solemos utilizar por aquí. También existe la azada llamada bananga que es bastante más grande y que utilizan para hacer los surcos más grande, sobre todo para el cultivo del algodón.
sábado, 22 de junio de 2013
Misa en la aldea
Hay un canto para la Eucaristía que dice: "Junto a tí al caer de la tarde, y cansados de nuestra labor, te ofrecemos con todos los hombres, el trabajo, el descanso, el amor"... Esta fotografía, (aunque de mala calidad por falta de flash y haberse puesto el sol), de una Misa celebrada en la aldea de Dom Tchantoko, después de un día de trabajo en el campo, me hace recordar dicha canción. Como se puede ver más sencillez imposible. La iglesia, asamblea de fieles, del pueblo de Dios, hombres y mujeres del campo, que tras su trabajo, después de un día de sol, fatigas y sudores, se reúnen al aire libre y teniendo por asiento la tierra del suelo, para escuchar la Palabra de Dios y celebrar la Eucaristía. Ni siquiera tenían una pequeña mesa que nos sirviera de altar, así que simplemente tuvimos que usar dos morteros para moler el mijo que utilizan las mujeres, uno como ambón para el libro de la Palabra de Dios, y el otro para colocar la maleta-capilla en la que el misionero lleva lo esencial para la celebración de la Eucaristía, y que utilizamos como altar. En medio de esa pobreza y sencillez, escuchábamos el mismo Evangelio que en cualquier otra iglesia en el mundo, y el mismo Jesucristo se hacía presente en medio de su pueblo, y participábamos de la misma comunión. A los que tan fácilmente critican a la Iglesia por sus riquezas, me gustaría que vieran cómo la Iglesia está con los pobres, vive con ellos y les lleva el mensaje de esperanza y salvación.
domingo, 16 de junio de 2013
Aprendiendo la lengua
Han pasado ya 35 años y no recuerdo sus nombres, llamémosles Pierre y Paul, dos niños de la aldea de Dom Tchandoung en la que me establecí durante la estación de lluvias para aprender la lengua musey, y que frecuentemente venían a hablar conmigo. Aunque en aquella aldea no había escuelas, sin embargo ellos habían aprendido a hablar francés asistiendo a la escuela de Dom Pya, una aldea vecina que estaba a unos kilómetros de distancia de la suya. Todos los días después de tomar un resto de la masa de mijo de la noche anterior, diluida en un poco de leche de vaca o de cabra, cuando había leche, o si no diluida en agua, cogían sus cuadernos y material escolar y marchaban contentos a la escuela de la aldea vecina a través de la sabana camerunesa. La escuela de Dom Pya la habían construido los mismos aldeanos con ladrillos de adobe y techo de paja y unas ventanas sin maderas ni cristales, simplemente eran unos agujeros en el muro para que entrara claridad al interior. Allí Pierre y Paul aprendieron las primeras letras y lo rudimentario de la lengua francesa. Ellos venían a menudo a hablar conmigo, yo aprendía lo esencial de la lengua musey y ellos se ejercitaban hablando francés.
sábado, 18 de mayo de 2013
Caballo de madera
Durante mi estancia en la aldea de Dom Tchangdoung a menudo tenía la compañía de los hijos de mis vecinos, que eran mis mejores maestros para que yo aprendiera la lengua musey, pues venían a saludarme y pasaban un rato contándome lo que hacían: sus pequeños y grandes trabajos de ayuda a la familia, del cuidado de los hermanos pequeños, del pastoreo del ganado, de cuentos e historias que aprendían de sus mayores y de sus juegos. Era la escuela de la vida, pues en Dom Tchangdoung como en muchas otras aldeas de la región no había escuelas para aprender a leer y escribir. Aquí vinieron a enseñarme el caballo de madera que habían hecho para sus juegos. Pero también ví otros juguetes hechos por ellos mismos con mucha imaginación: coches, camiones e incluso un avión, unas veces fabricados en madera y otras con cañas de mijo, maíz o unos simples alambres. El caballo de madera me recordó al célebre caballo de Troya que todos conocemos por Homero en la Odisea, o posteriormente por Virgilio en la Eneida y que yo recordaba por la traducción de las clases de latín en el seminario con don Florentino. Pero para aquellos niños museys sin escuelas que no conocían la guerra de Troya, aquel caballo era el caballo musey veloz y fuerte que un día soñaban en cabalgar para cazar los antílopes.
lunes, 6 de mayo de 2013
Trabajo de niñas
Además de algunos trabajos comunes con los niños como cuidar de los animales de corral, ayudar en las tareas agrícolas a sus padres, ir a recoger la leña para el hogar, o a buscar agua al pozo de la aldea, las niñas se ocupan principalmente de las tareas del hogar: barrer el terreno alrededor de las casas que es de tierra, subir al granero para sacar los granos de mijo para la alimentación del día, triturar los granos en el mortero, molerlos en la piedra, ayudar a su madre en la cocina, y sobre todo cuidar de los hermanos más pequeños, llevándolos en la espalda, atendiéndolos en todo lo que necesiten, o jugando con ellos. Las niñas en las aldeas del norte del Camerún no tenían muñecas para jugar a ser madres, pero imitaban a sus madres cuidando de sus propios hermanos pequeños.
martes, 23 de abril de 2013
Trabajo de niños
En la aldea de Dom Tchandoung no había escuela, como sucedía igualmente en otras muchas aldeas museys de la región de Gobó, por lo que los niños pasaban el día ocupados en diferentes tareas del hogar, en trabajos agrícolas, de atender al ganado y mucho tiempo de ocio y de juegos. Ellos eran los encargados de atender a los animales de corral: gallinas, patos, ovejas y cabras. Pequeños pastores que tenían que llevar las ovejas y cabras a pastar fuera del pueblo, a sacar agua del pozo para el abrevadero, a recoger el ganado en el corral al caer la tarde, y en el tiempo de lluvias cuando en los campos sembrados comenzaba a crecer los tallos de los cereales a vigilar para que las ovejas y cabras no se comieran los brotes verdes y estropearan lo sembrado.
Otro trabajo infantil en el campo era ayudar a sus padres a cavar la tierra para la siembra del mijo, del maíz, de los cacahuetes, o del algodón, y sobre todo de echar la semilla en el suelo y enterrarla con el pie descalzo, pues el trabajo con la azada era duro y cansado para ellos. Semanas después tenían que ayudar a sus padres a arrancar la malas yerbas que crecían junto con los cereales. Y cuando los granos estaban maduros a recoger la cosecha, cargarla en cestos y llevarla a la aldea.
También eran ellos los que iban al campo a buscar la leña para el fuego del hogar. Normalmente era un trabajo de adultos el ir con el hacha a cortar la leña de algún árbol, y sobre todo de las mujeres el acarrearla hasta su casa para la cocina, pero siempre había niños con ellos que muy gustosamente cortaban los troncos pequeños y lo trasladaban a casa.
martes, 9 de abril de 2013
En la aldea
La misión de Gobó estaba en medio del pueblo, un pueblo grande que crecía a simple vista debido al mercado comarcal que se realizaba los lunes, a las escuelas del gobierno, y sobre todo por el hospital de la misión católica que era atendido por las hermanas de la Caridad de Montreal y que atraía a la gente de sus aldeas y se trasladaban a vivir a Gobó.
En 1977 no existía en Gobó ni electricidad, ni teléfono, ni una calle asfaltada, ni agua corriente, ni mucho menos alcantarillado. Era un pueblo grande de zona rural. Yo llevaba ya un año viviendo allí en la misión, pero todavía no sabía hablar el musey. Pensé que lo mejor para aprenderlo era ir a vivir con una familia musey. Entonces un catequista de la aldea de Dom Tchandoung, François Diguina, me invitó a irme a vivir con su familia. Él vivía con su madre, ya de una cierta edad, y con su mujer de la que todavía no tenía hijos, pues hacía poco tiempo que se había casado. En sólo unos días construyó una casa para mí, dentro de su "saré", (como se puede apreciar en la fotografía, la choza de paja nueva), y a principios de la estación de lluvias dejé Gobó y me trasladé a la aldea de Dom Tchandoung a vivir una experiencia que recordaré toda mi vida.
Mi nueva casa estaba junto al pozo de la aldea, por lo que todo el día había allí mujeres y niños que iban a buscar el agua y tenía constantemente gente a mi alrededor que me dirigían unas palabras de saludo e intentaban iniciar una conversación. Ya nos lo había dicho años antes en nuestra formación un viejo misionero, que la mejor manera de aprender una lengua africana es hablar con los niños, son los mejores maestros, ellos no se cansan de repetir las frases, de corregirte la pronunciación o de reírse abiertamente cuando te equivocas.
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