martes, 19 de agosto de 2008

Misionero, albañil y carpintero



Como he comentado en otros blogs anteriores, la nueva parroquia de Saint Paul de Yagoua, que estaba dentro del terreno del obispado, tenía ya construida la iglesia, que vemos al fondo de la foto, y las casas de las hermanas misioneras Hijas del Espíritu Santo, pero no existía la casa parroquial, por lo que tanto el P. Ignace, el párroco, como yo, su vicario, vivíamos en el obispado. Es sabido que muchas veces los misioneros además de dedicarse a la evangelización, el anuncio del Evangelio, celebración de los sacramentos, catequesis, formación cristiana, etc. tienen que dedicarse a otras tareas materiales, como construcciones de iglesias, capillas, casas parroquiales, dispensarios, hospitales, escuelas, colegios, pozos y otras infraestructuras necesarias, y hay que hacer de ingeniero, perito, director de obras, e incluso de albañil; otras veces de mecánico, carpintero, herrero, y otros muchos oficios necesarios para poder montar la misión.


Para mí fue una gran ayuda el año de mi noviciado en Aranda de Duero, pues la casa estaba a medio construir y los mismos novicios dedicábamos todos los días unas horas al trabajo manual tanto en la albañilería como en la carpintería, eso me sirvió luego para tener una cierta idea de la construcción y ayudar a construir la casa parroquial de la parroquia de Saint Paul, como luego las casas, y pozo de la misión de Gobó, a la que sería destinado como párroco, un mes después. Y años más tarde en la misión de Jutaí en Amazonas, Brasil.

miércoles, 6 de agosto de 2008

La santa Unción

En los primeros meses de mi vida misionera acompañaba al P. Ignace, que era el párroco de Saint Paul, sobre todo en las visitas a las aldeas que todavía no conocía. Al llegar a la aldea que visitábamos la gente se reunía a nuestro alrededor, buscábamos la sombra de alguna acacia, u otro lugar adecuado, pues en casi ninguna de las aldeas existía una simple capilla, preguntábamos por la marcha de la comunidad, la formación de los catecúmenos, la asistencia a la catequesis y celebración dominical, la ayuda a los pobres y enfermos, los trabajos comunitarios, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo de los catequistas y demás responsables de la comunidad, y después de nuestras orientaciones y palabras de ánimo para todos, celebrábamos la Eucaristía. También visitábamos a los enfermos para darles unas palabras de ánimo, algún calmante contra el dolor, comprimidos contra la malaria, y a veces teníamos que llevarlos en nuestro propio vehículo al hospital de la ciudad, a Yagoua.
Esa tarde de febrero nos acercamos a casa de Gabriel, un anciano enfermo en su lecho de dolor, una simple esterilla en el suelo, rodeado del cariño de sus familiares y vecinos, y allí en una hermosa celebración litúrgica, recibía el sacramento de la santa Unción, y el viático que lo preparaba para su último viaje hacia la eternidad.

miércoles, 30 de julio de 2008

Babá Simon Mpecke


Desde que llegué al Camerún, oí hablar varias veces de Babá Simón, el primer sacerdote camerunés originario del sur que fue al norte del país para evangelizar a los kirdis de las montañas de Mora. Kirdi es una palabra árabe utilizada por los musulmanes que quiere decir infiel, para referirse a todos los que no son musulmanes, pero que incluye a diferentes tribus del norte de Camerún. Yo no pude conocer a este gran hombre y santo misionero, pues falleció el día 13 de agosto de 1975, unas semanas antes de mi llegada al Camerún. Pero en enero de 1976 veía un reportaje hecho por la televisión francesa para su programa religioso dominical, del que saqué esta fotografía. Mpecke nació en 1906 en Edéa en el sur del país, hijo de padres agricultores no cristianos, asiste a la escuela de la misión católica y pide el bautismo. Será un padre espiritano el que lo bautiza el 14 de agosto de 1918, tomando como nombre Simón. Trabaja en la escuela de la misión y allí descubre su vocación para el sacerdocio. Será ordenado sacerdote el 8 de diciembre de 1935, siendo uno de los ocho primeros sacerdotes cameruneses que fueron ordenados aquel día, por el obispo espiritano monseñor Vogt.
Trabajó en el sur durante varios años, y fue párroco de New Bell en Duala. Pidió a su obispo que lo dejara ir como misionero entre los Kirdis del norte del país y en 1959 se convierte en el primer sacerdote camerunés que se desplaza a más de mil kilómetros para trabajar en el norte del Camerún, en el que aquel entonces sólo existía la diócesis de Garoua. Hoy son ya cuatro diócesis, regidas por obispos cameruneses, y con clero y religiosas nativos. Fue destinado a la misión de Tokomberé, donde trabajó los 16 últimos años de su vida como misionero. Un misionero querido por todos, tanto paganos, como musulmanes, y cristianos. Allí le dieron el nombre de Babá, que quiere decir papá, fue un auténtico padre para todos. Misionero de sotana blanca raída y de pies descalzos. Hombre humilde y sencillo. De una intensa vida de oración permanente. De un amor a Dios que lo reflejaba en un profundo amor a todas las gentes. Hombre que llevó la escuela a la gente de la montaña, que luchó contra la miseria y que tuvo siempre presente la promoción humana. Hombre de respeto a las tradiciones religiosas de las tribus de la montaña, que supo mantener vivo el diálogo interreligioso. Un santo misionero, ejemplo para los misioneros que eramos extranjeros, y ejemplo para los propios cameruneses. Hoy está en proceso de beatificación. Babá Simón, ruega a Dios por los kirdis del Camerún y por todos los misioneros que anuncian el Evangelio de Jesucristo.

lunes, 21 de julio de 2008

Una víbora en el camino




Cuando se habla de África muchas veces se piensa en los grandes animales salvajes, en los elefantes, jirafas, hipopótamos, rinocerontes, leones... y la gente lo primero que pregunta al volver a España es si me he encontrado alguna vez con algunos de esos animales salvajes; en verdad sí he visto varios de ellos, pero lo más común, y creo que los más peligrosos para los campesinos son la multitud de serpientes que hay en aquellas tierras cálidas, muchas de ellas mortales. Existen más de 2000 especies diferentes de serpientes; unas no son venenosas como las culebras o las boas, otras sí, como las víboras, crótalos, serpientes de cascabel, najas o diferentes tipos de cobras. Allí en Yagoua, como era una zona de estepa tropical, próxima a la región sub-sahariana, de clima muy caliente, había muchas víboras y cobras venenosas, algunas mortales como la bitis y la echis. Yo me encontré a lo largo de los seis años que estuve allí con varias de ellas en diferentes circunstancias y sitios, en los caminos, en el campo, dentro de casa, en la ducha, debajo de la cama, en el almacén, en el dispensario... pero gracias a Dios nunca fuí mordido por ninguna de ellas ni picado por ningún escorpión. Pero a menudo ví personas con grandes picaduras, sobre todo en las piernas, también en las manos, heridas que tardaban muchos días en cicatrizar, y como digo conocí a varios que murieron por causa del veneno de las serpientes. Más de una vez he pensado en las palabras de Jesús en el envío de los discípulos y de las señales que les acompañarán. "expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, tomarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien" (Mc.16,17-18).

lunes, 14 de julio de 2008

Eucaristía en el corral

El P. Ignacio Vermesch, oblato de María Inmaculada, era el párroco de San Pablo, y aunque se dedicaba sobre todo a los fieles de lengua francesa; a los "sudistas" como le decían allí en Yagoua, y a las clases de religión en el liceo, sin embargo también visitaba los barrios massás de la ciudad y las aldeas de alrededor. Con él fui empezando a conocer la parroquia y sus diversas tareas pastorales. Esta escena que nos muestra la fotografía que tomé en un barrio de Yagoua, sería luego muy habitual para mí en diferentes aldeas africanas, incluso con menos medios, pues a veces ni siquiera tenían una simple mesa, y tuve que celebrar la Eucaristía sirviendome como altar la pequeña maleta en la que llevaba la patena, el cáliz y los ornamentos sagrados. Así en el corral del saré, entre las chozas de la familia que nos acogía, cerca de las vacas, con las cabras, perros y gallinas alrededor, pero con un grupo de cristianos y catecúmenos que nos rodeaban con mucha fe y deseosos de escuchar la palabra de Dios, y siempre con un fiel catequista que reunía a la comunidad, les enseñaba a rezar y les explicaba el catecismo, hacía las lecturas y traducía del francés a su propia lengua la homilía del sacerdote. ¡Qué grandísima labor la de los catequistas en África!
Años después, cuando ya estaba en España, vi que se publicaba esta foto del P. Ignacio entre los Massás, en los carteles de la campaña misionera de las OOMMPP; foto que fue tomada en aquellos días por unos reporteros de una agencia de prensa, y en la que aparece el P. Ignacio con su inseparable cachimba, y el mismo catequista que aparece en mi foto, visitando a un anciano massá en su saré.

martes, 8 de julio de 2008

Iglesia y capillas


A principios de enero de 1976 estaba de nuevo en la parroquia de Saint Paul de Yagoua. Pasados cuatro meses de mi llegada al Camerún, ya podía celebrar la Eucaristía en lengua Massá. La diócesis de Yagoua fue creada tres años antes, concretamente el 29 de enero de 1973. La ciudad de Yagoua podría tener unos treinta mil habitantes y existían dos parroquias, Santa Ana, la primera misión de Yagoua, que se convirtió en catedral; y San Pablo que se creó en esa época. La iglesia era de reciente construcción, y junto a ella estaban las casas de las misioneras Hijas del Espíritu Santo, y los edificios que constituían el obispado. A la parroquia de San Pablo le correspondía la mayor parte de la ciudad, a la que asistían los funcionarios que habían venido de otras regiones de Camerún; pero también varias aldeas cercanas a la ciudad.
En ninguna de las aldeas existían iglesias. Lo normal era hacer la catequesis, reuniones y celebraciones litúrgicas a la sombra de un gran árbol. En otras aldeas, los cristianos y catecúmenos habían construido un cobertizo para defenderse del tórrido sol africano, que utilzábamos como capilla, fabricado con los materiales propios de la sabana africana, es decir las altas yerbas trenzadas, que llamaban seko, y servía de pared, sostenido por troncos de árboles; y un techo de paja, que cuando llegaban las lluvias no servía de nada.
A la salida de Yagoua en la carretera hacia Bongor, los cristianos de esa aldea habían decidido construir una capilla mejor; las mujeres traían el agua con cubos, sacada del pozo, y los hombres mezclaban el barro con la paja seca, lo amasaban con los pies, lo pasaban por un molde de madera y lo dejaban secar al sol; así hacían miles de ladrillos de adobe, para tener su propia capilla.
Cuando la gente habla de las riquezas de las iglesias, me acuerdo yo de estas comunidades cristianas de las misiones, de su pobreza y sencillez, de sus esfuerzos y trabajos, y de las bellas celebraciones litúrgicas, vivas, alegres y llenas de fe.

lunes, 30 de junio de 2008

Navidad Massá



Por fin llegó la Navidad. Como decía en mi anterior blog, nada de mi alrededor me hacía ver que estábamos en Navidad. El clima era caliente, cerca de los 40º. No había la agobiante publicidad que nos lleva a consumir; ni regalos que hay que comprar; ni adornos navideños por las calles; ni el tío gordo vestido de rojo, ni músicas especiales, ni siquiera villancicos... Todo era diferente. Estaba en unas tierras africanas donde la mayoría de la población era pagana, y donde se notaba la influencia cada vez más del islam. Los cristianos eran una minoría en una iglesia de reciente creación y sin las tradiciones de otras iglesias centenarias. Sólo había cambiado esos días la liturgia propia del adviento dentro de la iglesia. Pero el día de Navidad, la iglesia de Saint Paul estaba a rebosar de cristianos y catecúmenos, e incluso de otros que no siendo cristianos sin embargo se unían ese día a sus amigos cristianos porque estaban de fiesta por el nacimiento del Niño Dios. Después de la solemne Misa a media mañana, todos nos reunimos junto a la iglesia, bajo los árboles para hacer una comida en común, distribuidos por pequeños grupos; por un lado los niños, por otro las mujeres, por otro los hombres. Todos comimos juntos la bola de mijo, mojada en salsa de pollo, pues ese día era un día de fiesta. Y luego la música, y la danza, la fiesta a lo largo de toda la tarde. Fue un ejemplo de comunión, de compartir todos juntos el alimento y la bebida, la danza y la fiesta. Era Navidad. Jesús nacía para hacernos a todos hermanos.
A final de año fuí de nuevo a la misión de Djougoumta, y allí en el suelo de cemento de la iglesia me encontré con ese precioso Belén que habían hecho los niños de la misión, simplemente con barro secado al sol, y unas pajas para hacer los chozos como ellos vivían. ¡Que cerca estaban ellos del verdadero nacimiento de Jesús! Jesús también nació para salvar a los Massás.

viernes, 20 de junio de 2008

Estudiando Massá


En la misión de Magao en Chad pasé unas semanas muy interesantes, que me abrieron los ojos a la realidad del mundo rural africano, a sus carencias y necesidades, a su cultura y tradiciones, a estar cerca de la gente y a comprender su modo de vida.
Volví de nuevo a Yagoua en el Camerún, a mi primera residencia que era el obispado, pues la parroquia de Saint Paul todavía no tenía casa parroquial, y allí me dediqué con mucho ahínco a estudiar lo básico de la lengua Massá, ahora con la inestimable ayuda de la nueva gramática hecha por José Luís Ferrer.
Para un misionero es muy importante el aprendizaje de la lengua del pueblo al que va a evangelizar, y por eso aquellos primeros meses en África fueron de bastante estudio de la lengua massá, de aprender nuevas palabras, y adquirir un vocabulario mínimo para poderte comunicar; sin embargo pronto comprendí que una lengua sólo se aprende con el contacto directo con la gente.
Cuando uno marcha por primera vez a la misión, y más siendo un joven de 24 años, uno lleva grandes ideales y piensa en comerse el mundo. Luego la realidad te hace abrir los ojos y ver las dificultades de cada día.
Recuerdo que los primeros meses de mi llegada a África fueron duros, y yo me preguntaba, ¿cómo voy a hablarles a esta gente de Jesucristo, cómo voy a anunciarles el Evangelio si ni siquiera sé darles los buenos días?
Pero también sentía la alegría cuando aprendí las primeras frases de saludo y veía que la gente estaban contentas porque les saludaba en su propio idioma.
La Navidad se nos echaba encima, y no había nada, nada, nada, de lo que estamos acostumbrados en Europa para decirnos que la Navidad estaba ahí. Pero esa Navidad diferente, mucho más auténtica que la nuestra, y mucho más cristiana la dejo para otro blog.

domingo, 8 de junio de 2008

En la misión de Magao

En la misión de Magao, diócesis de Pala, en Chad, pasé unas tres semanas, junto a José Luís Ferrer, joven jesuita español, que trabajaba sobre la lengua Massá, y un padre oblato de María Inmaculada, responsable de aquella misión. Me impresionó la sencillez de la misión; sus casas eran como las de los Massás, de ladrillos de adobe y techos de paja. Sólo variaba el mobiliario. Teníamos unos camastros, con colchón para dormir, unas rudimentarias sillas y mesa, y poco más. Es lo que se llamaba la misión de la "brousse". No existía la electricidad, ni el agua corriente. De un pozo había que sacar el agua a cubos para nuestro aseo, y para beber. Teníamos que filtrarla con unos filtros de barro para evitar enfermedades. Pero a pesar de ello, o porque bebí y comí con la gente en las aldeas que visitábamos, justo a los tres meses de mi llegada a África, a principios de diciembre cogí una amebiasis. Sería mi primera enfermedad en tierras africanas. Y qué mal lo pasé. Fuertes dolores intestinales, vómitos y diarreas continuas, sin médico, ni una simple farmacia. Al empeorar mi situación me tuvieron que llevar en el "dos caballos" de la misión hasta la ciudad de Bongor, donde tras verme el médico y recetarme los medicamentos adecuados pude ir recuperando la salud, y regresar de nuevo a Magao.
En el Chad yo era, lo que decimos hoy, un "sin papeles", pues había pasado simplemente de un país al otro en una piragua, la frontera era el río Logón. Pero tampoco tuve ningún problema, pues no se acercó a mí ningún policía para pedirme documentación.

Con José Luís me fui acercando un poco a la lengua Massá; me enseñó a saludar: "Bananna an gang debé". Y a distinguir entre el saludo a un hombre o a una mujer, pues hay dos tu diferentes según que el interlocutor sea hombre o mujer, como nosotros distinguimos entre él y ella. Por la noche, cuando se habían acabado los trabajos de la jornada, José Luís con su magnetófono se acercaba al grupo de aldeanos que reunidos bajo la luz de la luna contaban cuentos, refranes e historias de sus antepasados. Qué verdad es que en África los ancianos son verdaderas bibliotecas vivientes. Creo que José Luís llegó a editar un libro de cuentos Massás. Luego durante el día escuchaba una y otra vez lo que había recogido en cinta magnetofónica, y escribía el cuento, o la historia que hubiera grabado. Analizaba las frases, las nuevas palabras que recogía, e iba haciendo el diccionario y la gramática de lengua Massá.

Fue allí en Magao, donde una señora me puso un nombre massá Yammalla. Luego me dijeron que era un nombre importante. Nuca conocí a nadie con ese nombre; aunque sí otros parecidos, pues yam significa cabeza, y es un nombre para los jefes, y gente importante.
Estas semanas en la misión de Magao en Chad, me ayudo mucho para mi futura vida misionera, en medio de la "brousse".

domingo, 1 de junio de 2008

Viaje en piragua


Como he dicho en otro blog anterior, los primeros meses en Camerún fueron de adaptación al país y a la nueva cultura en la que tenía que vivir. Además de estudiar y ponerme al día en el francés como lengua oficial, tenía que aprender el Massá, lengua de la región de Yagoua. Los Massás habitaban a ambos lados del río Logone. Con la colonización de África por las potencias europeas; se crearon países y naciones artificiales; a pueblos enemigos les hicieron vivir bajo la misma bandera, otros muchos pueblos, etnias y tribus quedaron divididos en países diferentes; eso aconteció con los Massás, divididos por el río Logone, que los colonizadores pusieron como frontera, cuando ese pueblo vivía a ambas orillas del río. Al otro lado del Logone en el Chad, en la diócesis de Pala, en la que también estaban los Oblatos de María Inmaculada, se encontraba por aquellas fechas un jesuita español, el P. José Luis Ferrer, de Gandía, que estaba haciendo la gramática Massá, y recogiendo los cuentos, historias y tradiciones del pueblo Massá; pues él trabajaba con ellos en un barrio de Djamena, la capital del Chad. Él estaba entonces en la misión de Magao con un oblato francés, y me invitó a pasar con él unas semanas para introducirme en el aprendizaje de la lengua Massá, además de regarlarme la gramática que había acabado de hacer. Desde Yagoua viajé hasta la misión de Guemé, donde estaba el P. Badet, espiritano suizo, y la comunidad de hermanas canadienses. El P. Badet buscó a un hombre que tenía una piragua para que me trasladara a la otra orilla, donde me esperaban los misioneros de Magao. Yo nunca había subido a una piragua, un tronco de árbol ahuecado, tan inestable al menor movimiento; y más atravesar un río como el Logone con su inmenso caudal, uno de los grandes ríos de África, y sabiendo que en la zona había bastantes hipopótamos. Yo iba inmóvil para no desestabilizar lo más mínimo a la piragua; pero la tarde caía y desde el medio del río el paisaje era tan maravilloso que me atreví a hacer esta fotografía. Recuerdo perfectamente la fecha, el 19 de noviembre de 1975. A la mañana siguiente al salir el sol, escuchaba las noticias desde el transitor de pilas: "Franco ha muerto".